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sábado, 2 de noviembre de 2013

Primogénito - Lady Necrophage/Mari Nieves Guijarro


VIII. DESDE EL SILENCIO
- Hijo mío, me deberé a ti hasta la irrevocable extinción de mis días…
Paulatinamente, las palabras acababan por desvanecerse, fútiles y etéreas, engullidas por la tétrica y estremecedora tenebrosidad que invadía aquella infecta habitación plagada de inmunda pestilencia e inexorable silencio.
- Hijo mío, me deberé a ti hasta la irrevocable extinción de mis días…
Una y otra vez, la constante evocación a aquella efusiva expresión conmocionaba la turbada mente del hombre solitario, mezquino y desesperado que dormitaba a intervalos en aquel desaseado cubículo colmado de aire viciado e infecto.
El cuerpo delgado y depauperado de Leo se convulsionaba, débilmente, bajo las raídas y sucias sábanas de felpa. Un sudor frío y abundante recorría sus desencajadas facciones y el resto de su espasmódica anatomía. Luchaba, de manera incesante, por abandonar aquel aletargado y zozobrante estado que estremecía su interior hasta insondables límites, por desembarazarse de aquellas odiosas fantasías oníricas que le sumían en tan sempiterna aflicción.
Y por fin, con gran alivio, comprendió que lo había logrado. Tan reiterada como empedernida entrega en aquella inflexible contienda interna había sido favorable para él y sus languidecidos párpados se abrieron de par en par liberándole, al menos durante un exiguo instante, de aquella turbadora sensación de miedo y desamparo.
Pero no tardó en advertir que lo que le esperaba tras aquel tranquilizador receso no era mucho más esperanzador. Reflexionó acerca de si abandonar su antaño desesperante estado no habría sido un consumado error en comparación al cúmulo de adversidades que parecían a punto de sobrevenirle encima y que, como ya era habitual a aquellas intempestivas horas, comenzaban a manifestarse de forma prolongada e insistente, arrebatándole la escasa tranquilidad que creyó experimentar durante aquel conciso y amable intervalo.

Hijo Predilecto - Lady Necrophage/Mari Nieves Guijarro

I. SACRÍLEGO DOLOR
No esperaba con tanta prontitud el temido desenlace.
Tenía asumido que este momento había de llegar tarde o temprano, pero no suponía que fuese a sobrevenir de aquella forma tan precipitada.
Pronto todo terminaría definitivamente. Lo supo enseguida.
El corazón le latía con fuerza, tenía las pupilas dilatadas y un intenso sudor frío esmaltaba cada recoveco de su vulnerable y mortificado cuerpo.
Respiró profundo, cerró los ojos y contuvo un grito. Trató de buscar, en lo más recóndito de su ser, la serenidad y fuerza suficientes para soportar aquellos inexorables y agónicos minutos…
Fue incapaz de ahogar un débil jadeo cuando sintió la primera lacerante ráfaga de punzante dolor que, involuntariamente, le obligaba a retorcerse y contraer sus miembros y facciones de forma grotesca e imposible.
“Gracias Dios mío…”, susurró a “sotto voce”, absorta en su delirio, cuando aquel calvario desaforado e impío dio muestras de indulgencia y le ofreció un breve y tranquilizador receso. No en vano, consciente de lo que había de venir, se preparó a conciencia, tomó aire y trató de relajarse inútilmente.
…Y, una vez más, con renovada fuerza, el impúdico sufrimiento volvió a hacer acto de presencia con insolencia y descaro, tornándose, a cada segundo, más intenso, más vívido, más desgarrador.
“Es el momento, el momento…” , masculló para sus adentros.
Sacudió con violencia los brazos y sembró la habitación con los distintos enseres que, inoportunamente, fueron colocados encima de la vetusta y recia mesa de nogal. Con suma delicadeza se tendió sobre el añejo mueble, perseverante, resignada, aguardando, con insondable temor e ilusión, al mismo tiempo, el completo exterminio de sus fuerzas.
Silenciosas lágrimas comenzaron a asomar a su fatigada y lánguida mirada, pequeñas y cristalinas gotas de concentrado dolor que, descarnadas, resbalaban por su constreñido y forzado rostro. Presa de la aflicción, sintió como su cuerpo y alma desfallecían y, esta vez, le resultó, por completo imposible, ahogar unos desaforados y coléricos alaridos.
Escuchó el murmullo lejano de unas ligeras pisadas que descendían las escaleras a una velocidad vertiginosa. La puerta se abrió con denodada violencia y vio la figura de Leo aproximándose hacia ella. Asió, fuertemente, su mano y la besó con devoción, intentando demostrarle su incondicional y efusivo amor.
“¡solo no podrá¡” , aulló, esclava del incontenible suplicio.
“¡solo no podrá!…. ¡ayúdale!”

El infierno en la tierra

Poco a poco me fui dando cuenta de que no eran mis sueños, de que estaba despertando, y aquellos gritos tan horribles no estaban dentro de mi cabeza, sino que venían del exterior de las paredes de mi decimosegundo piso. Eran gritos de mucha gente, en diferentes tonos, incluso pude distinguir que algunos no eran simples alaridos de pánico o de lo que coño fuera, sino que decían frases que dado mi estado de somnolencia no pude distinguir su significado. La verdad es que tampoco despertaban mucho mi interés; Vivo en el centro de la ciudad, donde, pese a la altura de mi domicilio, me suele despertar muy a menudo los ruidos que vienen de la calle: la confluencia de mucho trafico, las pitas de los vehículos, los gritos de aquellos que montados en su vehiculo pierden la calma al ver que llegan tarde a su lugar de trabajo y piensan que, gritando, maldiciendo o armando escándalo el atasco desaparecerá como por arte de magia. También incluso, muchas veces los accidentes de trafico dejaban un gran numero de morbosos curiosos, bomberos y ambulancias que sus sirenas no eran el despertador mas agradable que uno pudiera desear… A veces recordaba las palabras de la señora que, 7 meses atrás me había alquilado ese piso: – “En el mismo centro de la ciudad, todo muy cerca, y a la misma vez, debido a la altura del mismo, unas vistas espectaculares y alejado de todo ruido molesto”. Ja, maldita cabrona. Sin duda una buena vendedora.
Todavía, en mi estado de semi-inconsciencia pero ya sin poder dormir del todo, me di cuenta que esta mañana el escándalo que venia de la calle era algo diferente al del resto de los días. Algo tenía aunque no era capaz de descifrar muy bien el que era. Mas escándalo que otras veces, los gritos tenían una profundidad especial, un sonido algo distinto, como, no sé, de mayor desesperación podría decir, no eran continuos… ¿Alguna manifestación quizás? Si era eso, una manifestación, está estaba siendo duramente reprimida por la policía, de ahí esos gritos tan desesperados. No lo sé. No me terminaba de convencer ese motivo… ¿Un accidente de tráfico múltiple?… Ni idea. Sea lo que sea no me iba a levantar de la cama para comprobarlo y joder así mi “maravillosa” y habitual resaca de los domingos. Si es algo importante ya me enteraría al mediodía en el telediario. Por cierto, ¿Que hora es? Vd., da igual, aunque el calor me hacia presentir que seria ya el mediodía. Demasiado calor. Otra incomodidad más, y otra rareza: Estamos en Febrero, no suele haber este calor. Hoy parece que se me había juntado todo con la idea de no dejarme dormir… Se escuchan sirenas a lo lejos. La cosa parece ser importante. Da igual, ¡que no me levanto! Puto piso céntrico y puta vendedora. Me pregunto si las personas que viven en los barrios de las afueras tienen los mismos problemas acústicos.

Tengo su corazón - por BEATRIZ T. SÁNCHEZ

¿Cuántos hombres habrán intentado romper las sagradas leyes naturales, no ya por pura curiosidad científica, sino en aras de los sentimientos más exaltados?, ¿Cuántos se habrán atrevido a tamaña blasfemia? Muy pocos, por eso no puedo dar crédito a mi audacia.
De todos los estudiantes de la Academia Médica yo soy el que hace más hincapié en temas tales como la frenología, el mesmerismo y el poder del fluido eléctrico. Sé que ese hatajo de oscurantistas se burlan a mis espaldas, pero si viesen lo que he logrado se les cuajaría la sangre en las venas.
Aunque hasta hace una semana mi mayor preocupación no eran las murmuraciones, sino la vida que se extinguía inevitablemente ante mis ojos. Mi querida prometida arrastraba desde hacía unos meses un mal que yo no lograba identificar. Una languidez anémica, alguna debilidad sanguínea. La confianza me permitía examinarla ante la atenta mirada de sus preocupados padres, pero la fuerza de la respiración, el pulso, el tacto, el tono de piel no me mostraban síntomas claros de tal o cual padecimiento. Hace siete días, durante la noche, exhaló repentinamente su último aliento. No la amortajaron. El destino, despiadado como casi siempre, quiso que la contemplase con su vestido de novia, no ante el tálamo nupcial, sino sobre el féretro mortuorio.
Durante las horas consumidas en el velatorio no pensaba yo en el descanso de su alma, sino en el fin de su cuerpo. La idea de que criatura tan joven y hermosa fuese entregada a las fauces terrosas de la putrefacción y la nada se me hacía insufrible. Debía arrancar aquella ofrenda del altar de la muerte. Esa idea obsesiva se adueñó de mi mente e impidió mi descanso hasta que, abandonado por completo a ella, al son del repiqueteo de mis pies sobre el adoquinado y del crujido de la tierra helada debajo de ellos después, me vi atravesando sigiloso la oscuridad nocturna camino del cementerio donde tres días antes había asistido al funeral. Afortunadamente, está un tanto apartado. Salté la tapia y provisto de pala, palanca y farol busqué su lápida. Solo el viento frío y el lejano ulular de una lechuza me acompañaron en el trabajo. En un momento dado me quité el gabán. Con la bufanda arrollada hasta los ojos, mi aliento chocaba y se condensaba contra la tela. Sintiéndome ajeno a mi cuerpo, realizaba mecánicamente tan ingrata tarea.
El tiempo parecía eternizarse pero en ningún momento pensé en la posibilidad de poder ser descubierto. La noche de enero era demasiado fría y profunda para cualquier merodeador que no estuviese desesperado, como era mi caso. Por fin llegué al ataúd y lo forcé con la palanca. Allí reposaba ella, con el velo ahora bajado hasta casi ocultar las manos, cruzadas sobre el estómago y entrelazadas con un rosario de cuentas de cristal. La contemplé largo rato, conmocionado. La madre y las hermanas la habían vestido sin olvidar el menor detalle. Los zapatitos de raso y las medias recamadas asomaban sobre el borde del vestido y las puntillas de las enaguas. Todo era blanco, destacando en la negrura, ahuyentada apenas por el débil círculo luminoso creado por la vela temblorosa de mi farol, que había colocado a un lado, contra una de las esquinas superiores de la caja. Con sumo cuidado levanté el velo de tul y observé su rostro. Los ojos un poco hundidos y los labios entreabiertos no alteraban la sensación general de sueño. Sus oscuros cabellos habían sido recogidos en un par de rodetes sobre las orejas. Apenas desprendía olor, el de la tierra fresca era suficiente para cubrirlo. Una delicada doncella entregada a los gusanos.

Furia - Por Beatriz T. Sánchez y Jorge P. López

Lo primero que proclama su unión de nuevo al cuerpo maltrecho es el dolor. El vivísimo dolor en cada fibra, en cada nervio, en la sangre espesada. Ha rondado como un polluelo abandonado alrededor del nido en putrefacción, pero, por fin, ha vuelto a caer sobre él. Sí, es su cuerpo, frío y abotargado. Otra vez le pertenece, después de ese vagar incorpóreo en torno a la zanja. Una sola pregunta reina tras la nube rojiza que inunda el cerebro reblandecido. ¿Qué es ese odio que hierve a la altura de sus entrañas, los destellos bermejos que punzan y sollozan tras sus febriles ojos?
Esa gasa roja vira al granate al recordarle a él y los dientes entrechocan, castañeteando, sin poder articular el deseado insulto. Los tendones, tiesos como viejos papiros, se estremecen tratando de tirar de los huesos incongruentemente pesados. Unas imágenes emborronadas se suceden semejando una vieja película en blanco y negro. El bosque, el coche que se para, el ruido de ambas puertas al cerrarse, los pasos alejándose al ritmo de la discusión; la discusión, otra más, él no va a abandonar a su mujer, sí, claro, prefiere la comodidad, la seguridad de lo cotidiano y conocido; los nervios se deshilachan ansiosos ante los terribles recuerdos que llegan sin ser deseados. Las malas palabras, el bofetón, la caída y la piedra… él se abalanza sobre ella sin darle tiempo a incorporarse, con aquel canto que hundió en su cabeza una vez, dos veces, tres veces… un estallido de cólera que todavía cala sus huesos, un arrebato convertido en la única certeza de aquel curioso claro lleno de escombros marmóreos. Él, ella, las ruinas. Una salmodia interior que ahora es su única guía.
Todo su amor se ha disuelto en ira ciega, al abrirse la herida del desprecio. El cuerpo se levanta desplazando tierra y hojarasca, la mano toca el cabello reseco y los dedos se hunden en una depresión cuajada de grumos y astillas óseas… la furia la impulsa y sale a rastras del hoyo medio improvisado, dejando atrás los elegantes zapatos de vertiginoso tacón y un rastro de insectos y fluidos malolientes que van a regar la base de una columna desgastada y partida desde hace siglos. Restos olvidados, algo dentro de ella, una energía pulsante se niega a quedar a la altura de aquellos antiguos vestigios, ¿de qué o de quienes? ¿De la falsa confianza? ¿De una raza de humanos que también amaron, lloraron y finalmente odiaron? Un quedo murmullo hace vibrar imperceptiblemente sus resquebrajados labios, un gemido ininteligible que no es una pregunta, si no un nombre intrascendente.

La Dama de Sombra - por BEATRIZ T. SÁNCHEZ

Su Majestad ¡Vida, Salud y Fuerza! regresa victorioso de sus campañas en las tierras de levante, las cosechas son abundantes y el tiempo bueno. Los dioses colman el reino de prosperidad. Pero incluso en el oro más bruñido puede encontrarse una mella. Entre los súbditos satisfechos los hay también atribulados por los más variados motivos. Entre ese puñado, tenéis ante vuestros ojos al más desdichado de todos. Incluso bajo la luz radiante del más claro de los días, mi corazón permanece oprimido por la oscuridad más cerrada.
Escuchad, pues, con atención, si es que deseáis conocer el origen de mi desgracia. Así sabréis que hay destinos funestos a los que es imposible escapar aunque uno se lo proponga con todas sus fuerzas. Algunos nacemos bajo el influjo de oscuros designios, sutiles maromas que nos atan sin posibilidad alguna de liberarnos de ellas por mucho que forcejeemos. Dad gracias vosotros los que nacisteis libres, cuyos actos no son torcidos ni adulterados por influjos que os persiguen como mastines tenaces a una gacela herida. Escuchad, escuchad, y comprenderéis porque llegué a tal conclusión y estado.
Mi nombre es Rahotep y mi infancia fue feliz en un principio. Hasta que la enfermedad se llevó a mis padres y me encontré repentinamente huérfano. Mis tíos me acogieron y yo solo deseaba recompensarles la caridad demostrada con un comportamiento ejemplar, pero tal idea chocaba con cierto obstáculo. Tenían una hija más o menos de mi edad llamada Selket, hermosa y vehemente. Yo era mucho menos audaz y me limitaba a seguir sus pasos y secundar sus decisiones durante juegos y travesuras. Espléndida como una princesa, yo solo era el siervo fiel que la obedecía fascinado. Y mientras su compañero continuaba siendo un niño apocado, la vida se desarrollaba en ella rápida y sigilosa como la carrera de un ratón, haciéndola florecer. Por eso no me percaté de que sus palabras ya eran las de una mujer cuando después de preguntarme si la veía bella, se sonrojaba y me evitaba durante horas. Selket era hermosa aunque yo no acertase a saber decírselo. En su rostro redondo y aniñado bailaba siempre un mohín entre la seriedad y la picardía haciendo brillar sus ojos negros.
Sí ella había proyectado convertirme en su esposo en un futuro cercano tal idea no disgustaría a mis tíos, que no se oponían a nuestro creciente afecto. Nuestra casa era próspera, los días apacibles y sólo teníamos que extender la mano y recoger los frutos de la dicha más completa. Por eso el golpe que cayó sobre nuestra encantadora niña fue, por imprevisto, todavía más doloroso.
Fue durante la estación de la inundación. Jugábamos con los huesos de los dátiles que nos habíamos comido, sentados junto al estanque del jardín. Entonces Selket se desvaneció, sin más. Corrí a despertar a la nodriza, que como de costumbre, se había dormido a la sombra mientras nos vigilaba a cierta distancia. La señora la cogió en brazos mientras llamaba a sus amos. La acostamos en su lecho pero pronto volvió en sí. Ella no le dio demasiada importancia y los demás nos contagiamos de su despreocupación. Una anécdota sin más. Pero que acabaría desvelándose luego como el principio de la desgracia.
Aun así la muchacha ocultaba un secreto, algo que pesaba en su corazón. Solo cuando empezaron a manifestarse claros síntomas de debilidad se sinceró conmigo. Una extraña inquietud había empezado a asaltarla en sueños durante la noche. Un ahogo que no llegaba a despertarla pero la agobiaba, obligándola a despertar cada vez más agotada, como sí hubiese nadado contracorriente en aguas tumultuosas. Al principio el cansancio iba remitiendo a lo largo del día pero, poco a poco, este había ido negándose a abandonar su carne. Eso me confesó entre abrazos y sollozos. Yo no hallaba el modo de consolarla.
Pues eso fue lo que ocurrió, Selket, tan llena de vida, fue perdiendo la fuerza y la lozanía a ojos vista. Sus padres la pusieron en manos de médicos y curanderos. Pero bebedizos, ungüentos, friegas, aspersiones y los más reputados amuletos resultaron inútiles a la hora de alejar la enfermedad de la habitación de la muchacha. Yo pedía devotamente a los dioses por su vida, pues recordaba muy bien la terrible fiebre que había propiciado mi orfandad. El mal que afligía a Selket era de curso más lento aunque yo percibía asustado que parecía arrastrarla hacia el mismo desenlace.

En los jardines de Casandra - por BEATRIZ T. SÁNCHEZ


La había comprado durante un viaje a Atenas, muy niña. La liberó y la educó espléndidamente, pues había descubierto en ella un espíritu inteligente y una singular belleza. A medida que las líneas que dibujaban sus rasgos se iban moldeando sin perder hermosura, más encandilados se veían sus sentidos; así pues, no dudó en tomarla por esposa una vez cumplió una edad conveniente. La amaba. Aunque a medida que pasaban los años se hubiese revelado que la cruel Providencia había dotado a la bella Casandra de un vientre estéril.
Pero Casandra ya no estaba. La muerte se la había llevado repentinamente en el esplendor de la vida, dejándole solo y afligido con el recuerdo de sus ojos negros y sus aires lánguidos. Antonino paseaba por los jardines de la domus, en los que ella entretenía sus momentos ociosos con el arte de la jardinería, hasta el pequeño rincón junto a la fuente de los tritones, donde tantas veces se había sentado a contemplar la perfección lograda con su labor. Ahora sus paseos ya solitarios siempre acababan desembocando allí, en la umbría donde el agua entonaba una melodía fresca y cantarina. Pero ni siquiera a su buen amigo Rutilio se había atrevido a confesar el porqué de su atracción hacia este lugar en concreto.

El Roble Seco - por Randolph Carter


Todo comenzó un otoño a finales de los ochenta. Dicen algunos entendidos investigadores que coincidió con unas ráfagas electromagnéticas provenientes de la gravedad del lejano Júpiter. Otros indican que se trató de fuerzas de la Naturaleza ligadas a la contaminación producida por el hombre, y los más modernos teóricos coinciden en que la causa fue producida por algún tipo de radiación o nube radiactiva.
Yo no me inclino por ninguna de estas opiniones y aún hoy sigo buscando una explicación más verosímil. Lo cierto es que tan sólo hubo dos casos —conocidos— en todo el mundo. Bórotom Sòktov —no sé realmente cómo se escribe— vivía como pastor ermitaño en medio de ninguna parte, entre montañas y bosques, con una cabaña construida por él mismo veinte años antes, de madera maciza, bien aislada tanto del frío como del calor, de vigas fuertes y resistente a los vendavales.
Subsistía de su rebaño de ovejas, de carne de lobos y jabalíes que cazaba con trampas en el bosque, algunas hierbas y bayas y un improvisado invernadero. Aislado del resto de la humanidad desde los años cuarenta, creía que el mundo había sido dominado por los nazis y que sus montañas impenetrables y sus frondosos bosques le aseguraban ser el único humano libre en todo el planeta.
Aún así conservaba, antes de su desaparición, un pequeño habitáculo rectangular lleno de libros, aproximadamente entre mil y mil quinientos ejemplares, que aseguraba haber leído cada uno al menos tres veces. En aquella humilde —pero a la vez magnánima— biblioteca había un amplio vano por donde entraba la luz y por el cual vigilaba la entrada de la casa, el ganado y el invernadero mientras devoraba sus preciados libros.
Y fue en aquella ventana donde escribió su último mensaje a la Humanidad con el dedo untado en tinta china:
NO SOY
El señor Sóctov fue uno de los extraños casos. El otro caso al que me refiero fue en ese mismo lugar, a escasos treinta metros del invernadero, donde crecía, desde que el señor Sòctov tenía memoria, un hermoso roble «Alto, grueso (…), de ramas fornidas, curtido por el gélido viento de los inviernos y con una maravillosa copa que tornaba del verde claro en primavera, al marrón rojizo como las tejas en invierno», según Soctov —la traducción es mía directamente de su diario personal, original escrito en surzhyk—. Aquél roble y él eran pequeños confidentes. Así lo creía Bórotom, quien cada tarde después de comer se sentaba junto al árbol y charlaba como si se tratase de un viejo amigo. Cada día hablaban de cosas diferentes y banales, como lo mala que había sido la cosecha o la fuerza del río en esa época. La desaparición de ambos duró algo más de un mes. Desde finales de septiembre hasta principios de noviembre.

Olvidadizo - Por Jorge López.

Una habitación en penumbra alberga unas velas a medio derretir, gordos goterones se deslizan con parsimonia lamiendo la superficie aceitosa. Allí, desde una estantería combada por el peso del tiempo, un cuervo disecado contempla las paredes de ladrillo tiznado con mirada vidriosa y estática. Su compañera, una calavera vergonzosamente monda, comparte el silencioso escrutinio del ave disecada mientras reposan junto a frascos de contenido inclasificable: sólido, líquido o flotante; pero siempre anónimo gris. Un enorme tomo, que parece testigo de los siglos a juzgar por el desgaste de su lomo y rugosa cubierta, ocupa una pequeña pieza de madera resquebrajada y que antaño bien podría haber sido una mesilla. Junto al códice prohibido una daga de obsidiana preludia un crimen, un asesinato, un ritual que las manchas inclasificables sobre las tablas de la mesita no hacen más que confirmar. Ojillos negros que, espantados, no pueden olvidarse del asesinato que los vio nacer.

viernes, 1 de noviembre de 2013

The blurred / el borroso - por: Alexis Domínguez Montalvo

The blurred | el borroso

Cuando era joven, siempre me gustó escuchar historias de terror. Recuerdo que mis amigos y yo, nos juntábamos todos los viernes, a eso de las siete de la noche, en un pequeño parque, que quedaba cerca de la casa de mi amigo “Richard”. Allí cada uno llevaba una historia que había escuchado, leído, o sacado de quien sabe dónde.


Un viernes de esos, nos reunimos como era habitual, Abigail, Emmanuel, Alex Richard, y yo. Llegamos entusiasmados, esperando escuchar algo bueno esa noche, pero Alex, se veía más “entusiasmado” de lo normal, se le notaba con una sonrisa de oreja a oreja.


Transcurrió el tiempo, y la noche empezó a tornarse oscura, ya todos habíamos terminado nuestras historias, solo quedaba Alex. Dijo que tenía una buena historia, que se la había escuchado a un tipo un tanto “extraño” , que hablaba frente a una de las puertas traseras de la iglesia, las cuales estaban cerradas, -supongo que hablaba con alguien a través de ellas-.


El título de la historia “el borroso”, (él le puso el título, a veces cuando las historias no tenían título, nosotros se lo dábamos).


A continuación les dejo la historia:


Por las noches cuando estas apunto de dormir, meditando en tu cama, aun tienes una pisca de visión, con esa luz tenue que adorna tu cuarto, tus ojos observan con un azul sombrío todo alrededor de la habitación, puedes notar las sombras que forma ese pequeño resplandor. Bueno pues te diré algo, es allí donde él se esconde, observa sigilosamente, no tiene forma, más que la que tú le des.


Puedes hacer un pequeño experimento: Cumple con los requisitos antes mencionados, apaga todas las luces, deja entrar solo un poco de luz (para formar las sombras), detén tú mirada un momento sobre alguna de las sombras alrededor de 3 minutos, notaras como comienza a delinearse más y más borrosa. En ese momento te invadirá un inmenso miedo (de eso se alimenta), cómo si de algo natural en ti se tratara. Veras como se comienza a formar un rostro, con unos inmensos huecos por ojos, sin nariz ni boca, sus brazos saldrán de aquella sombra, moviéndose rápidamente para abalanzarse sobre ti.


Recuerda que se alimenta de tu miedo, así que puede tomar cualquier forma… En ese momento debes de hacerte el valiente, así te tengas que esconder debajo de las sabanas, trata de olvidar todo eso, de que el miedo se vaya, o de lo contrario, él te llevará. Cuando te hayas tranquilizado, mira de nuevo la sombra, allí estará el, la forma que tome depende de ti, de tus miedos … por ultimo te advierto que… no se dé nadie que lo haya logrado, siempre desaparecen o los encuentran desfigurados, de una forma ,que apenas se puede reconocer que antes fueron humanos .


Por fin cuando finalizó, todos nos quedamos callados durante más o menos unos 30 segundos. Volvimos a casa después de eso, nos despedimos como siempre, pero nuestras caras se notaban demasiado serias. Al llegar a mi casa, cene, me lave los dientes, y me fui a la cama. Cuando iba a apagar la luz recordé la historia, no podía dejar de pensar en ello, decidí dejar la luz encendida.


Al día siguiente me desperté tarde (era sábado), me dirigí asía la cocina para desayunar, pero mi madre estaba sentada con una taza de té en las manos, tardó un tanto en hablar, con una voz entrecortada, me conto que la casa de Alex estaba llena de policías… habían encontrado su cuarto totalmente cubierto de sangre, y él no estaba por ninguna parte.


Desde ese día duermo con la luz encendida.



Arkdfull